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Historia de Navia

Historia de Navia

Historia de Navia

Publicado el 01 de Julio de 2009

PRIMEROS MORADORES 
El topónimo Navia, que da nombre a nuestro concejo y a la capital del mismo, es un hidronímico de origen prerromano, vinculado a una corriente fluvial, el río Navia, que para nuestros ancestros tendría un indudable carácter sacro.

El poblamiento de nuestras tierras fue temprano, como lo demuestran los vestigios tumulares de Andés, Anleo, Tox, Sante, VillaInclán, etc, que se podrían retrotraer hasta los milenios III-II a.C. Pero no se puede hablar de un poblamiento permanente en sentido estricto hasta el asentamiento de la cultura castreña. Sin duda, el río Navia sirvió de limite natural entre las tribus galaicas (en concreto, la más oriental de ellas, el pueblo de los albiones) y las astures (concretamente, los pésicos), sin duda permitiendo contactos y simibiosis entre ambas culturas hermanas. Las viejas atribuciones románticas a la capital del concejo Noega (hoy identificada como la oppida de la Campa Torres gijonesa) o Flavionavia (inmediaciones de Pravia), están absolutamente descartadas, pero confirmándose en contrapartida la existencia de un primitivo asentamiento castreño en la margen derecha del río, cerca de la desembocadura, pretérito origen de nuestra capital, que coexistiría armónicamente con otros castros ubicados en Fabal (Andés), Vigo, Piñera, Frejulfe y Armental. Esta densidad de habitat castreño es indicativa de un relativo nivel de ocupación del solar del actual concejo naviego, con una orientación económica pecuaria en general, aunque varios de ellos estén relacionados con explotaciones mineras inmediatas (Frejulfe, Vidural, etc.); no en balde es proverbial la riqueza aurífera del río Navia, que generó núcleos de aprovechamiento a ambos márgenes del río a lo largo de su trayecto por el occidente astur.

LAS PRIMERAS VILLAE
Tras el progresivo y lento abandono de los castros y aún conviviendo con ellos, surgen las primeras «villae», explotaciones pecuarias que originarán las futuras aldeas y pueblos, como demuestra un elemental examen de la toponímia del concejo. Hasta el final del primer milenio, la historia de Navia se oculta tras una oscura nebulosa de las fuentes, para renacer con las primeras menciones a presuras (siglos X-XI) de los pequeños monasterios de tipo familiar de San Antolín de Villanueva, San Salvador de Piñera, San Martín de Siloyo (Cabanella) y Santa Marina de Vega, alrededor de los cuales surge una corriente de permutas y donaciones entre la Mitra ovetense y las comunidades monásticas, como es visible en la diplomática de la época (donaciones de Santa María de Anleo, San Pedro de Andés, etc.). Es alrededor de estos pequeños núcleos donde cristalizan las primeras comunidades vecinales, en las que los estamentos nobiliar y eclesial imponen su autoridad, aunque sin ejercer aún un efectivo dominio jurisdiccional.

LA POBLACIÓN DE NAVIA
Hacia el año 1270 y por privilegio del Rey Alfonso X el Sabio, se funda la Pobla de Navia. En la Carta-Puebla fundacional se concedían diversas franquicias a los vecinos, derecho a un mercado semanal, distribución de las heredades, amurallamiento de la pobla y una elemental organización administrativa (la pobla sería regida por dos alcaldes, dos jueces y adquiriría rango consuetudinario la asamblea vecinal, convocada habitualmente a son de campana tañida).

El puerto de la nueva pobla, al igual que el de Vega, experimentan un auge extraordinario mientras por el «camino costero francés» llegan peregrinos incesantemente, que hallan consuelo a su esfuerzo en el hospital del Santísimo y La Magdalena (en la que está entronizada la patrona de la pobla, Ntª Sª de la Barca, milagrosamente aparecida tras una galerna) o, en caso de enfermedad de lepra, en la malatería de San Lázaro de Barayo, activa ya desde el siglo XII (a esta época se vincula la tradición de la peregrinación de San Francisco y su pernocta en una de las torres del palacio de Anleo).

Los continuos desmanes y desafueros de los poderosos crean efervescencia en las clases más humildes de nuestro solar, empobrecidas por la crisis económica coyuntural, y soliviantadas por la consideración del territorio como moneda de cambio de los caprichos reales y de las banderías interesadas de la nobleza. En 1369, Enrique II donó los señoríos de Navia y Ribadeo a Pierres de Villain «El Vasco» por determinados servicios, al que sigue una lista de posesores fugaces (Rui López Dávalos; Pedro de Estúñiga, Suero de Quiñones, Rodrigo de Villadandro y Diego Gómez de Sarmiento, conde de Ribadeo, contra el que litigan los vecinos, hartos de ineficacia y desgobierno). Por fin, el 18 de mayo de 1550, D. Juan Alonso de Navia, con autorización expresa del Rey Carlos I y por delegación de los vecinos, compra los dominios territoriales y jurisdiccionales al conde de Ribadeo por ocho mil doscientos diecisiete ducados y cuatro reales, reservándose para él los cotos de Anleo y Omedo. Pero ello no condujo a la ansiada libertad señorial, ya que sólo ocho vecinos consiguieron su derecho jurisdiccional y el resto lo vendieron, por presiones de los poderosos, hasta que en 1608, la Real Cancillería de Valladolid anula las ventas y declara la tierra de Navia como dominio jurisdiccional de la Corona.

En el siglo XVI continúan las duras condiciones de vida de los pobladores, debido a hambrunas, pestes, levas forzosas para las continuas guerras y el peligro de invasiones de franceses e ingleses. El 4 de abril de 1586 llega el alférez Alonso Caxero, que reconoce la costa y ordena a Pedro Niebla levantar baluartes defensivos en Vigo (sobre el antiguo castro) y en las bocanas del puerto de Vega, datando de esta época el amurallamiento cíclico de la villa.

En coincidencia cronológica, el puerto de Vega experimenta un gran auge pesquero, vinculado a la caza de ballenas, por contratos de arriendo de la costa que suscribe la Casa de Navia con capitanes vascos y algunos locales, considerándose como primero el del vizcaíno Juanes de Segurola (1608), que arrienda la atalaya sobre la que tres años antes se erigió la blanca capilla de Nuestra Señora de la Atalaya.

RELANZAMIENTO ECONÓMICO
Desde el siglo XVIII se asiste a un espectacular relanzamiento económico, tal como se deduce del Catastro del Ministro Ensenada. El punto de inflexión llega con la invasión francesa de 1808, a la que responde el patriotismo español, encabezado por el heroico gesto de nuestro paisano Juan Pérez Villamil, redactor del Bando de Móstoles que une a los españoles en la lucha por su libertad. El concejo contribuye con el Regimiento Navia, creado en junio de 1808, y sufre la dureza de la guerra un año después, cuando Ney invade el territorio dee Luarca, que defiende con bravura el señor del palacio de Andés, Francisco de Sierra y Llano y aún al año siguiente, cuando el incapaz Albergotti lo abandona a su suerte. Coetáneamente, el mejor de los asturianos, D. Gaspar Melchor de Jovellanos, herido por el dolor y el odio de la guerra, expira en Puerto de Vega el 28 de noviembre de 1811.

NAVIA EN LA ACTUALIDAD
La recuperación del concejo es lenta, pero no exenta de dinamismo. En la segunda mitad del siglo XIX, se asiste a un extraordinario desarrollo de la industria, de la pesquería y un gran impulso urbanístico (la vieja muralla que encorsetaba la villa medieval es derribada para facilitar su ensanche). En contrapartida, el concejo se fragmenta, segregándose La Montaña en 1815 y Villayón en 1869. El final de siglo y los albores del actual conocen un nuevo impulso, actuando de motor los capitales de nuestros emigrantes a América, que ayudan a los de aquende los mares a adquirir en propiedad las tierras aforadas, les dotan de escuelas y caminos, construyen elegantes edificios, etc.

El momento actual es de desarrollo optimista, gracias al esfuerzo industrializador de la última treintena, destacando por derecho propio, CEASA, Reny-Picot, Astilleros Armón y algunas otras empresas. La vida del campesino mejora sustancialmente, gracias al auge de la cabaña ganadera y el sector pesquero conoce actualmente un esplendor destacable.

Y así, Navia se ha convertido en la capital del Occidente, no sólo por su ubicación geográfica, sino por la excelente calidad de sus servicios y la reconocida hospitalidad de sus gentes.